Hay películas que sirven
como una premonición del estilo de cine que un director va a
intentar hacer durante toda su vida profesional. Quizás esta
consideración pueda resultar exagerada, pero, vistas desde a
distancia, la insitencia en una serie de temas y la reiteración de
dererminadas situaciones y la forma de resolverlas, llegan a ser
características de un modo de hacer de cada persona, de tal manera
que resulta fácil determinar el momento exacto de su aparición y su
desarrollo en el tiempo, aunque el conocimiento y la experiencia las
vaya modificando paulativamente, haciéndolas evolucionar, o en
palabras del propio Hitchcock, simplificar y clarificar.
El hombre que sabía
demasiado (la versión de 1934) es un buen ejemplo de lo dicho
anteriormente. No es una película perfecta dentro de la filmografía
de su director, pero en ella están, en distintos grados de
planteamiento, muchos de los temas que Hitchcock va a exponer y
desarrollar con posteridad. Para empezar, el matrimonio protagonista
que, muy a su pesar, se ve obligado a actuar al margen de las
estructuras oficiales, al encontrarse involucrado en una oscura trama
con la que inicialmente ni tienen nada que ver ni están preparados
para hacerla frente; un grupo de malvados que, fieles a la tradición
hitckcockiana, se presentan al espectador como tales casi desde el
inicio del film; una larga secuencia de suspense, admirable, resuelta
con mucha sencillez merced a un buen montaje y que, aunque no está
situada como colofón del drama, nos llena de emoción y, como
remate, un final lleno de dramatismo, con una intervención del
personaje femenino tan poderosa y fundamental que, en mi opinión, al
menos en ese punto, mejora notablemente el del remake de 1956.
¿Qué es lo que ocurre
entonces, para que esta película no alcance el nivel de 39 escalones
o de las películas de la época americana? Sencillamente, que el
director tiene a su alcance todos los elementos del drama pero
todavía no ha adquirido la suficiente experiencia en su manejo y la
forma de establecer un adecuado equilibrio entre ellos. Hay en El
hombre que sabía demasiado, como por otra parte es habitual, mucho
sentido del humor y también mucho suspense, pero también hay
escenas y diálogos semejantes a los que podríamos encontrar en una
película de los hermanos Marx (los de Lawrence con la policía
después del crimen), que no acaban de encajar y nos sacan de
situación, o algún personaje como el de Clive, cuya comicidad
resulta tan burda y fuera de lugar, que instintivamente provoca
nuestro rechazo.
Todavía sobren planos
que no aportan nada o casi nada al desarrollo de la trama, algo que
Hitchcock irá depurando posteriormente y, sobre todo, un guión
construido de tal modo que la escena de más suspense y su desenlace
no constituyen el punto culminante de la progresión dramática de la
película, dado que, a continuación, se introduce la larga secuencia
del asedio a la casa de los bandidos donde están secuestrados
Lawrence y su hija y el posterior tiroteo, lo que viene a
configurarla como un anticlímax al tener entidad propia y encerrar
suficientes mecanismos dramáticos (la carencia de armas de fuego de
la policía inglesa, su impasibilidad ante la situación, su
inconsciencia del riesgo, las pequeñas anécdotas que se suceden al
ir ocupando las casas de los vecinos... etc.), de tal manera que su
relación con lo que hemos visto anteriormente, aunque es
perfectamente verosímil, no alcanza, hasta el último fotograma, el
adecuado nivel de tensión, lo que hace resentirse la coherencia
cinematográfica y cuya explícita manifestación de violencia, en
cualquier caso, forma parte de una visión del cine tan remotamente
ajena a la de Hitchcock que nunca ha vuelto a repetirla.
Crítica de Esther Miguel Trula




No hay comentarios:
Publicar un comentario