jueves, 29 de marzo de 2012

El hombre que sabía demasiado (The man who knew too much, 1934)



Hay películas que sirven como una premonición del estilo de cine que un director va a intentar hacer durante toda su vida profesional. Quizás esta consideración pueda resultar exagerada, pero, vistas desde a distancia, la insitencia en una serie de temas y la reiteración de dererminadas situaciones y la forma de resolverlas, llegan a ser características de un modo de hacer de cada persona, de tal manera que resulta fácil determinar el momento exacto de su aparición y su desarrollo en el tiempo, aunque el conocimiento y la experiencia las vaya modificando paulativamente, haciéndolas evolucionar, o en palabras del propio Hitchcock, simplificar y clarificar.



El hombre que sabía demasiado (la versión de 1934) es un buen ejemplo de lo dicho anteriormente. No es una película perfecta dentro de la filmografía de su director, pero en ella están, en distintos grados de planteamiento, muchos de los temas que Hitchcock va a exponer y desarrollar con posteridad. Para empezar, el matrimonio protagonista que, muy a su pesar, se ve obligado a actuar al margen de las estructuras oficiales, al encontrarse involucrado en una oscura trama con la que inicialmente ni tienen nada que ver ni están preparados para hacerla frente; un grupo de malvados que, fieles a la tradición hitckcockiana, se presentan al espectador como tales casi desde el inicio del film; una larga secuencia de suspense, admirable, resuelta con mucha sencillez merced a un buen montaje y que, aunque no está situada como colofón del drama, nos llena de emoción y, como remate, un final lleno de dramatismo, con una intervención del personaje femenino tan poderosa y fundamental que, en mi opinión, al menos en ese punto, mejora notablemente el del remake de 1956.


¿Qué es lo que ocurre entonces, para que esta película no alcance el nivel de 39 escalones o de las películas de la época americana? Sencillamente, que el director tiene a su alcance todos los elementos del drama pero todavía no ha adquirido la suficiente experiencia en su manejo y la forma de establecer un adecuado equilibrio entre ellos. Hay en El hombre que sabía demasiado, como por otra parte es habitual, mucho sentido del humor y también mucho suspense, pero también hay escenas y diálogos semejantes a los que podríamos encontrar en una película de los hermanos Marx (los de Lawrence con la policía después del crimen), que no acaban de encajar y nos sacan de situación, o algún personaje como el de Clive, cuya comicidad resulta tan burda y fuera de lugar, que instintivamente provoca nuestro rechazo.


Todavía sobren planos que no aportan nada o casi nada al desarrollo de la trama, algo que Hitchcock irá depurando posteriormente y, sobre todo, un guión construido de tal modo que la escena de más suspense y su desenlace no constituyen el punto culminante de la progresión dramática de la película, dado que, a continuación, se introduce la larga secuencia del asedio a la casa de los bandidos donde están secuestrados Lawrence y su hija y el posterior tiroteo, lo que viene a configurarla como un anticlímax al tener entidad propia y encerrar suficientes mecanismos dramáticos (la carencia de armas de fuego de la policía inglesa, su impasibilidad ante la situación, su inconsciencia del riesgo, las pequeñas anécdotas que se suceden al ir ocupando las casas de los vecinos... etc.), de tal manera que su relación con lo que hemos visto anteriormente, aunque es perfectamente verosímil, no alcanza, hasta el último fotograma, el adecuado nivel de tensión, lo que hace resentirse la coherencia cinematográfica y cuya explícita manifestación de violencia, en cualquier caso, forma parte de una visión del cine tan remotamente ajena a la de Hitchcock que nunca ha vuelto a repetirla. 

Crítica de Esther Miguel Trula

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