39 escalones, primera de
la trilogía de Hitchcock (junto con Sabotaje y Con la muerte en los
talones) sobre la idea de un hombre inocente huyendo de la justicia
será en otras tres ocasiones llevada al cine, por Ralh Thomas en
1959, Don Sharp en 1978 y por James Hawes recientemente en 2008. Ese
ha sido el hito que ha marcado este fascinante thriller del año 1935
que además supone, tras varios intentos fallidos y un avance lento
pero seguro, la primera obra maestra del genio tras dieciocho
películas ya rodadas. Es además, el punto de arranque de un éxito
que se prolongó durante tres decenios. Ahí es nada y lo vemos.
Basado en una novela de
John Buchan, un escritor a caballo entre los siglos XIX y XX y que,
entre otras profesiones, ejerció la de agente secreto del gobierno
inglés, el film narra las peripecias de Richard Hannay (Robert
Donar) pero, en términos generales, las piezas del puzzle están tan
cuidadosamente encajadas que la película, sesenta años después,
conserva íntegramente su solidez y su frescura. Richard Hannay es un
turista canadiense que visita Londres, y de forma accidental, entabla
conocimiento con una joven que resulta ser espía y que, al sentirse
acorralada, le informa de la existencia de una conspiración criminal
(los 39 escalones) que planea sacar de Inglaterra una información
militar de vital importancia. El asesinato de la joven en su
apartamento y la inmediata probabilidad de ser identificado como
autor del mismo obligan a Hannay a dirigirse a Escocia, con el fin de
encontrar a los responsables del crimen y demostrar su inocencia. Y
ahí se suceden los enredos mientras la historia fluye en un guión
en el que toda la verosimilitud pierde importancia frente a la lógica
cinematográfica.
El aficionado al que las
circunstancias empujan a actuar y desenvolverse en terrenos
desconocidos, la influencia del azar en la vida de las personas, el
sentido de la profesionalidad como norma de conducta, el amor como
razón de credibilidad, y los entornos sociales como lugar para las
artimañas son algunos de los grandes temas que incitan a la
reflexión de 39 escalones, y para todo ello el director encuentra el
tono justo en la narración al envolver, bajo una leve apariencia de
comedia, las situaciones más desesperadas y angustiosas o rompiendo
los momentos de tensión con un gag decididamente cómico (aún hoy
más que otras muchas gracias más obscenas o chabacanas a las que
nos tiene acostumbrado la fábrica de sueños, Hitchcock lo hacía
con más elegancia), al modo chapliniano, tal y como sucede con la
huida del lugar del crimen mientras nuestro protagonistas se disfraza
de lechero, con la posadera echando a los espías por beber fuera de
horas permitidas o cuando vemos a Pamela, una estupenda Madeleine
Carroll, ya convencida de la sinceridad de Hannay, tapándole con la
manta para retirársela inmediatamente después para su propio uso.
A lo que además habría
que apuntar al juego de símbolos que hace el director en cuanto al
dejarse guiar por el azar del protagonista, su condición de inocente
y su obligación de esposarse, literalmente, con la bella Pamela. Y
es que lo que se nos sugiere es la azarosidad del compromiso, y de
los motivos que nos llevan (o llevaban) para encadenarnos de por vida
vía matrimonio a quien debería ser nuestra alma gemela y nunca más
lejos. No por nada Hitchcock era tan donjuan.
Sin embargo, si hemos de
quedarnos con un único mensaje de 39 escalones será que la imagen
es la única fuente de información fiable, mientras que las palabras
sólo pueden inducir a mentiras y sospechas. La denuncia de enemigos
interiores será una constante en su filmografía, y con la increíble
escena final en la que la historia nos cerciora de la condición de
Mcguffin (o el falso planteamiento) del supuesto argumento inicial,
sirve para dar credibilidad a la inocencia del protagonista,
importando poco la verdad detrás de todo el embrollo y, al mismo
tiempo, siendo la imagen de un hombre rodeado de espectadores la voz
necesaria para cumplir la veracidad del juicio de inocencia de
Hannay. Parece que 39 escalones ya nos hablaba de uno de los grandes
males de nuestro tiempo, y es que lo que se ve es lo que nos acaba
pareciendo verdadero, cuando en muchos casos puede no ser así. La
niebla de la Escocia que Hitchcock pintaba en 39 escalones es más
espesa de lo que en un primer momento parecía.
Crítica de Esther Miguel Trula
Crítica de Esther Miguel Trula





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