Con un guión de Sydney
Gilliat y Frank Launder que parte de una novela de intriga de Ethel
Lina White llamada The Wheel Spins, Hitchcock (quien nunca sintió
demasiado apego por la verosimilitud) nos presenta un filme de
espionaje, romance y pinceladas de humor eminentemente británico
situando la acción en un país imaginario con notables coincidencias
con la Alemania Nazi en pleno 1938.
El afán de Hitchcock en
hacernos ver que los entornos sociales no son escenarios seguros
tiene como germen una leyenda francesa que el propio cineasta escuchó
en sus comienzos cinematográficos. Una señora y su hija en el París
de 1880 se instalan en un hotel, y cuando la madre cae enferma la
hija va en busca del médico. A la vuelta todos los empleados del
hotel afirman no conocer a la madre, y desesperada, la chica corre a
la habitación donde su madre yacía para encontrarse a otra familia
instalada y los muebles cambiados.
La historia comienza con
un grupo de viajantes de tren que por incidencias del clima se ven
obligados a parar en un hostal en un país irreal pero cercano a la
realidad del momento. Mientras diferentes viajeros de diferentes
nacionalidades deben pasar una noche en este abarrotado hospicio con
puntos de comicidad se nos presenta a los personajes, mientras las
notas de color de fondo que se dibujan en esta historia de bajo
presupuesto nos plantea una reflexión sobre la política
internacional del momento.
Una risueña señora
hospedada en el hotel mira y escucha por la ventana de su habitación
a un músico tocando una bella sonata. Sin embargo el “ruido” que
tocan los del piso de arriba no la dejarán escuchar la obra del
artista. Pero el presunto ruido resultará no ser otra cosa que “una
danza perdida antigua de centroeuropa que están documentando para la
posteridad”. La tradición y los viejos pensamientos que tanto
estaban calando en los fervientes nacionalismos autoritaristas de
Europa caben así representados por Hitchcock (en un momento en el
que no era descabellado creer en una guerra mundial inminente), como
un ruido que oculta el sonido de lo hermoso.
Hasta que en cierto
momento una institutriz (símbolo de la nación como madre de sus
hijos los habitantes de sus tierras) se presenta a la protagonista, y
en un conveniente momento de ruido maquinario del tren la
protagonista, que parece estar medio amnésica, equivoca su nombre,
Froy (que rima con Joy, dicha en inglés) con Freud, que se pronuncia
parecido pero que contiene una connotación bien distinta. Parece que
con este pequeño detalle se vaticina el desarrollo de los futuros
acontecimientos que ocurrirán en los vagones de este tren mediante
ese alarde de inventiva y dominio de la puesta en escena del cine
típicamente hitchcockiano.
Hasta que de pronto, y
volviendo al ejemplo que contaba como inspiración para esta
película, la institutriz (la nación) ha desaparecido. Iris
(Margaret Lockwood) es tomada por loca y entra en una crisis en la
que perseguirá (junto con un apuesto Gilbert Redman) la confirmación
de su cordura dejándonos inmersos en una historia llena de
subterfugios e intereses ocultos que acaba tomando tintes de intriga
de espionaje político internacional. El tren de Alarma en el expreso
es un lugar donde todos parecen tener un pretexto para no colaborar,
aún a sabiendas de estar volviendo majara a una inocente joven.
Finalmente, el entuerto se resuelve con la confirmación de sus
sospechas, que son una argucia de complot de un Eje del mal poco
disimulado en el que los pasajeros bienintencionados acaban a tiros
contra los adversarios y ayudando a salvar el orden europeo
recordando una melodía que se ha de presentar en el próximo
consulado de la ciudad amiga.
Un guión sólido, una
trama intrigante combinada con “remansos” de comicidad, dos
protagonistas con química y, sobre todo, una realización de clase
de cine hace que no nos extrañemos de que a Hitchcock, mientras
rodaba esta película con un plató de noventa pies, un vagón de
tren y un puñado de maquetas le llamasen de un Hollywood que sabía
que ofreciéndole mejores condiciones de rodaje sería capaz de
plasmar todo su potencial en el celuloide y con ello llenar las salas
de buen cine y ganar obscenas cantidades dinero en taquilla.
Crítica de Esther Miguel Trula
Crítica de Esther Miguel Trula







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